Hablemos de horror, de historias macabras, de páginas manchadas
con sangre. Lo Oculto, libros prohibidos. Y lo Maravilloso, criaturas
no-muertas volando invisibles por el cielo iluminado toscamente por
la luna. Hablemos de horror, pero también de la fascinación
por ver, por descubrir lo oculto.
¿Miedo? Es natural tener
miedo.
Cuando era chico más
de una vez me dijeron “nadie volvió de allí.
Los que entraron nunca regresaron”. Y lo primero que quería
hacer era ir a esa casa maldita, a esa cripta embrujada de la que
nadie regresó jamás. Lo primero que me pedía
el espíritu era indagar, llevado por el encanto de lo desconocido,
por lo imposible, lo antinatural… aunque me espante, aunque
me horrorice, debía sumergirme en la oscuridad y la maldad
supuesta. Necesitaba hacerlo. Tenía que hacerlo. El tiempo
pasó y las historias de campo, de tierra adentro, de lloronas
y lobizones se transmutaron en cuentos de terror que escribía
con frenesí. Y encontré que en la literatura abunda
la seducción por descubrir lo oculto. La necesidad de cruzar
el cartel que dice ¡No Pasar, Peligro! Thomas Ligotti
hace una referencia en La Fabrica de Pesadillas sobre esto.
La necesidad de experimentar algo terrible desde la seguridad de la
distancia, al otro lado de la pantalla o en la luz de la lámpara.
Y cuando termina el terror, sentir que eres más fuerte. Has
sobrevivido a una matanza terrible, al holocausto vomitivo del máximo
espanto.
Yo también busqué
en los temas sangrientos y los monstruos. Quería soportarlo
todo. Pero luego comprendí que yo no quería sentir miedo.
¿Espantarme, para qué? ¿Sentía placer
en causarme miedo? No. Lo que deseaba era Maravillarme, dejarme seducir
por la inestable sensación de pararse ante lo desconocido y
descubrirlo, hallar respuestas a lo imposible, visitar tumbas infestadas
de demonios. Anhelaba desvelar con lo que se me ocultaba, lo que nadie
sabía porque se tergiversaba para que nadie lo sepa jamás.
Los trucos del demonio. Deseaba resolver los enigmas del inframundo,
inspeccionar el infierno, practicarle una autopsia a la criatura más
horrible de mis sueños.
Hoy en dia, en el mundo real,
horrendo es encontrarse con un estafador o un delincuente juvenil.
Estos imbéciles impredecibles son los que causan el verdadero
espanto diario. ESO es horrendo. Pero no inspiran a nadie para un
cuento de terror, no tienen nada glamoroso, no hay nada atractivo
en ellos. Un cuento inspirado en ese horror sería una basura
sin trama, sin nada bello. Simple horror, miedo y repulsión.
¿Y quién quiere leer algo como así? Yo no. Por
eso reinan las historias de fantasmas, zombies y demonios, porque
mientras morimos de espanto cuando esas presencias nos observan desde
la oscuridad, nos sorprende y subyuga su condición, su existencia
imposible. Queremos que termine, que cese el terror. El corazón
se agita, los nervios se crispan, queremos salir a la luz, escapar…
pero más que eso, en verdad deseamos ver más, verlo
todo y al fin vencer a la secta del mal, atrapar al monstruo o destruirlo
por siempre, resolver la clave de su existir, comprender el desorden
estelar que lo produjo. Nos da miedo, claro que sí, pero también
nos deslumbra. Horrendo e increíble, como Tiburón con
su boca inmensa llena de dientes afilados listos para partirnos en
dos de un mordisco, o como un calamar gigante, hermosa criatura de
leyendas con sus tentáculos llenos de ganchos asesinos ávidos
de atraparnos y arrastrarnos hasta las oscuras profundidades marinas
para allí devorarnos vivos, miembro a miembro, incando sus
dientes en la carne trémula, arrancándonos el rostro
a pedazos mientras chorrea la sangre en la más terrible pesadilla
de dolor en la negrura absoluta.
Nos da miedo, claro que sí,
pero también nos deslumbra. Y como en la literatura sobrenatural
y los cuentos de horror, en la religión ocurre lo mismo. La
mayor parte de los cuentos populares, casi exclusivamente sobrenaturales,
van de la mano de la religión, pero no hablamos de apariciones
de santos o de cristos llorando sangre (que en el dogma popular representan
a El Bien, El Bando de los Buenos), sino del otro lado. En la mayoría
de las religiones del mundo, casi con exclusividad, se conoce más
del Mal, de los que se ocultan y esperan para destruir a la humanidad,
que de los buenos. Los malditos se llevan la mayor parte de las narraciones
y especulaciones. Esas entidades del mal y sus cultos secretos, a
los que solo pueden ingresar unos pocos y sólo cruzando terribles
iniciaciones donde no falta el sexo y la muerte. Ellos son los que
en verdad fascinan, los que atraen todas las miradas y al mismo tiempo
el más supremo de todos los miedos, el miedo a lo desconocido.
¡Oh esos ritos secretos y las brujas y su poderes malignos
y sus pactos con el demonio!
Así también la
religión, sea cual sea esa creencia, esa la certeza que mueve
a la mayor parte de la humanidad, esa presunción aceptada como
natural y sana, se basa en lo sobrenatural, en narraciones de horror,
en conocimientos a los que no debemos acceder, en El Misterio
Divino. Misterio Divino, Oculto y Maravilloso. Y para cerrar,
casi a modo de postdata, ayer dijo en su ponencia de la sra. Lagos
“lo que a mi me parece maravilloso y me deslumbra, a mi
vecino de banco, puede no fascinarlo en lo más mínimo”.
Y esto, no sólo en el ámbito de la literatura sobrenatural,
es completamente cierto, pues ese elemento “x” lo ponemos
nosotros. La maravilla es creada por nosotros mismos, en personal,
en lo íntimo. Es notorio como todo el tiempo colocamos lo maravilloso
afuera, en otro lado, en el ángel o en el monstruo, el fantasma.
No obstante, como decía ayer la sra. Neyens en su ponencia
“Nada o lo Maravilloso”, “lo maravilloso esta
en el espíritu humano”.